Expreso De Medianoche by Billy_ William Hayes_ Hoffer

Expreso De Medianoche by Billy_ William Hayes_ Hoffer

Author:Billy_ William Hayes_ Hoffer
Language: es
Format: mobi
Tags: drama
Published: 2010-07-18T22:00:00+00:00


XI

Transcurrieron los días... Todo un verano de mi vida se había desperdiciado.

Charles escribió desde Imrali y parecía verdaderamente feliz con su trabajo en la isla ya que allí le permitían andar durante la hora del almuerzo y los viernes podía hacer largas caminatas por la isla. La comida era buena. Como trabajaba todo el día entre frutas y verduras frescas, para envasar, podía comer cuantas quisiera.

Su carta me hizo pensar. —Max, ¿qué te parece Imrali? —pregunté. —Está bien, supongo, si te gusta trabajar. —No, me refiero a escapar.

—No... está a más de treinta y cinco kilómetros del continente. Aunque pudieras llegar a la costa, siempre estarías en Turquía. ¿Qué harías entonces?

Imros es mejor.

Imros era otra cárcel que estaba en una isla. Se hallaba frente a la costa oeste de Turquía, en el mar Egeo. Algunas de las islas griegas estaban a menos de quince kilómetros de distancia, pero había un problema: Imros estaba calificada como cárcel "abierta". Lo más probable era que no autorizaran mi traslado hasta poco antes de cumplir mi sentencia y entonces no valdría la pena el intento de fuga, porque para esa época ya no me interesaría.

Max y yo nos dedicamos a elaborar ambiciosos planes, todos ellos tendientes a escapar en una u otra forma, por descabellada que fuese. Por lo general Max era muy incoherente al hablar.

Sin embargo, en otras oportunidades se mostraba realmente dispuesto a intentar algo. Atisbaba a través de sus gruesos anteojos, quejándose de que la droga que tornaba lo estaba volviendo ciego. Decía que necesitaba verdadera morfina para variar y, ante mi estupor un día sacó furtivamente un mapa de Turquía, lo cual demostraba que, por fin, confiaba en mí.

Otro día volvió a sorprenderme cuando, de entre una pila de cartas, sacó una serie de dibujos. —Los planos de la cárcel— anunció con naturalidad. —¿Cómo los conseguiste?

—Hace tiempo estuvo aquí un arquitecto austriaco, que ayudaba a los turcos a construir algo y me dejó copiar los planos.

Los estudiamos con mucha atención. El pozo del montacargas llevaba al piso bajo y allí terminaba. Aún habría muchísimos guardias y balas en el camino hacia la libertad. Tal vez si conseguíamos llegar hasta el techo del kogus tendríamos alguna probabilidad. En ese caso caminaríamos por el borde de la pared principal y saltaríamos a tierra. Necesitaríamos una cuerda. Pero, ¿cómo llegaríamos al techo?

Con fastidio debimos reconocer que la fuga directa desde Sagmalcilar era casi imposible. Probablemente seríamos blanco de muchísimos disparos y cualquier plan sería demasiado complicado. Los guardias que estaban en las torres de vigilancia tenían ametralladoras. De todos modos copié los planos y los guardé entre otros papeles que tenía en mi diario. Ideamos un plan que incluía el ácido como medio para llevarlo a cabo. Podíamos solicitar el traslado a Kars, una cárcel que estaba del otro lado del país, cerca de la frontera este de Turquía. Eso implicaría un viaje de dos días, por tren. Casi con seguridad habría dos guardias para cada uno de nosotros. Max aún conservaba su provisión de LSD que le habían mandado entre otras drogas.



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